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Estremecedor relato de una joven que era explotada en prostíbulos de Chajarí y otras ciudades

Entre 2007 y 2011, una chica era trasladada desde Santa Fe y viajaba cientos de kilómetros por rutas entrerrianas para ser explotada sexualmente en prostíbulos de Gualeguaychú, Gualeguay y Chajarí. Recién pudo escapar y denunciar a Samuel Agustín Espíndola en 2016. El hombre de 37 años fue condenado recientemente por el Tribunal Oral Federal de Santa Fe a 11 años de prisión por Trata, pero sus cómplices de Entre Ríos, quienes buscaban a la menor para someterla en sus locales, están impunes.

Durante la investigación, la chica, que tenía 15 años cuando conoció a Espíndola, relató en cámara Gesell el infierno que vivió durante muchos años, publicó Diario Uno.

“Era amigo de uno de mis hermanos, estaba siempre en la casa de mi mamá, después me enamoré, fue amor a primera vista”, contó sobre el inicio de una relación en un momento en que ella estaba en una situación socio-familiar muy crítica y el hombre, que por entonces tenía 25 años, le prometió una vida mejor.

“Primero era tranquilo, todo bien, pero después me empezó a pegar, después que quedé embarazada de mi hijo me pegaba y me mandaba a trabajar”, contó la víctima, y explicó que la hacía prostituir.

Recordó que, con terceros que Espíndola conocía, la tenía “de acá para allá» cuando la enviaba a explotarla a localidades de Entre Ríos y Santa Fe. Contó que “me desfiguró la cara. Cuando me iba de al lado suyo me buscaba y me encontraba, abusaba de mí”. Detalló que la ataba a la cama y le pegaba con lo que tenía.

La joven sostuvo que ante su firme negativa a ejercer la prostitución, para poder cuidar y educar a sus hijos, Espíndola le decía, “vos tenés que ir a trabajar y traer plata”, mientras la golpeaba. “Por esto, tuve que salir igual, me pasaban a buscar siempre en un auto negro, la persona que manejaba se llamaba Roberto, no sé el apellido. A veces la acompañaba la cuñada de Espíndola y cada dos o tres meses me llevaba y me traía”.

Un día, cuando ella estaba embarazada, le dijo que no quería trabajar más y el hombre la dejó hasta que tuviera el bebé. Luego la obligó a que ejerciera la prostitución, por lo cual la separaba del niño. “Mi hijo era mi hijo, yo sufría mucho cuando no lo tenía conmigo, lo veía de vez en cuando, no lo podía tener yo”, recordó. Después, cuando la volvió a obligar a trabajar en un prostíbulo de Gualeguaychú, “al bebé lo tenía ahí, lo llevaba para todos lados y lo quemaba con cigarrillos en el cuello”, contó la joven.

Tiempo después, la chica tuvo una primera huida y pedido de auxilio; se escapó de la casa de Espíndola, en la ciudad de Santa Fe, y se dirigió a la Policía a denunciarlo. El hombre fue detenido y luego la dejó que viviera un tiempo en la casa de la madre, pero no por mucho: la volvió a buscar y la llevó a Chajarí para explotarla en un prostíbulo, donde le impedía que se comunicara con su madre o algún familiar. La chica recordó que la dueña del prostíbulo se llamaba Nelly. Luego de un tiempo regresó a Santa Fe y dejó de trabajar porque el procesado le decía que la Policía “estaba jodida”, hasta que pasado unos meses la obligó a prostituirse nuevamente frente al hospital Sayago, en la vecina capital.

En su relato, la víctima refería que siempre la amenazaba con que le iba a hacer algo a sus hijos y le pegaba, y un día lo comprobó: al regresar a la casa, encontró a su hijo más chico lleno de sangre y con fiebre, lo llevó al hospital donde determinaron que había sido abusado. Por esto fue que Espíndola quedó detenido y así la joven pudo dejar de ejercer la prostitución y conoció a una pareja que la acobijó con sus hijos en un departamento que tenía un galpón que cuidaba.

Luego de un tiempo la joven encontró a Espíndola en el centro de la ciudad de Santa Fe, quien le reclamó que quería ver a sus hijos. Como había sido sentenciado a solo cuatro años de prisión ya estaba libre. Ella huyó en colectivo pero al día siguiente el hombre se presentó en su casa y, bajo amenazas y con un arma, la llevó a ella y los niños a un rancho donde tenía drogas y armas; allí volvió a pegarle. Como temía por la vida de sus hijos no le pudo contar nada a su pareja, ya que además los hermanos de su captor ayudaban en la empresa delictual al no dejarla salir de lugar.

Se pudo observar que Espíndola tenía más de un contacto del ambiente delictivo entrerriano. La chica contó que en una oportunidad, el hombre la quería llevar a Colón a una “ladrillería de droga” y que la iba a vender, por lo que habló a su pareja y le pidió auxilio. Así fue que un día, en momentos en que el captor no estaba, la mujer se fue con sus hijos y pudo denunciar lo que estaba viviendo, el 2 de septiembre de 2016.
Identificados, pero impunes

En el fallo del tribunal que condenó a Espíndola se sostuvo que “el imputado se ocupó personalmente –en reiteradas oportunidades– y con interpósitas personas, de trasladarla al lugar donde debía trabajar, dejándola durante varios días o meses –de acuerdo a las circunstancias– a cargo de las personas que regenteaban los ‘lugares de citas’”.

“En esos lugares acordaba con los explotadores la modalidad del ‘sistema de plazas’, que consistía en que la menor debía quedarse en el prostíbulo durante un lapso pactado previamente, sin posibilidades de ausentarse. Durante esos períodos Espíndola le impedía a la víctima ver a sus hijos, quienes estaban bajo su guarda”, agregó.

La joven “relató en cámara Gesell que Espíndola la trasladó a un local nocturno en Chajarí, cuya encargada se llamaba Nelly, y a otro lugar llamado Marilyn, en Gualeguaychú, que se encontraba pintado de color rosado y su dueño se llamaba Roberto. Hizo lo propio en relación a una whiskería de la localidad de El Trébol (al suroeste de la provincia de Santa Fe)”, describieron los jueces.

En este sentido, se remarcó que estos datos “fueron corroborados por el personal policial de la Agencia de Investigaciones sobre Trata de Personas y Violencia de Género; las tareas investigativas concluyeron que dichos locales nocturnos efectivamente existieron en el segmento temporal apuntado por la víctima. Se acreditó que Roberto Manzo era el propietario de Marilyn en la ciudad de Gualeguaychú, que en El Trébol funcionaron dos locales comerciales emblemáticos del rubro llamados Aranjuez y El Unicornio, donde se ejercía la prostitución”.

En la dinámica desplegada “Espíndola mantenía contacto directo con los explotadores, con quienes acordaba la cifra y recibía el dinero, la finalidad económica de la explotación sexual se evidencia en la declaración de la víctima, cuando destacó que ‘el dinero de los pases lo tenía el encargado y cuando yo terminaba de trabajar al mes o dos meses una sola vez me la dieron a mí; siempre se la mandaban por correo’ a Espíndola”, dictaminó el tribunal. (MLG)

 

(Imagen ilustrativa)

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