Ciudad

La leyenda de los Isondúes

Cuando Tupá creo a los hombres, quiso que tuvieran todo lo necesario para sobrevivir. Ese fue el motivo por el cual les dio la primera hoguera.

Un día, Añá, el malo, bajó a la tierra y pensó encontrar a los hombres temblando de frío, pero sucedía todo lo contrario.

A lo largo de los campos, a orillas de los ríos vio pequeñas fogatas, alrededor de las cuales se refugiaban para calentarse. Enojado, aspiró hondo, hinchó sus mejillas de aire y después fue volando sobre los campos mientras soplaba con todas sus fuerzas para apagar cuanta fogata encontraba en su camino.

Los hombres no pudieron explicarse lo sucedido y temieron por su fuego. Miles de chispas se esparcieron por todas partes y Añá corría como enloquecido de acá para allá, tratando de apagarlas totalmente.

Cuando Tupá se enteró de lo que estaba sucediendo en la tierra decidió tomar las cosas con calma y pensó cómo hacer para que Añá perdiera la partida.

Fue así que transformó las chispas diseminadas por los campos en isondúes, pequeños insectos que, al volar, se encienden y apagan fugazmente.

Añá no se dio cuenta de esa transformación y siguió persiguiéndolos. Así se fue alejando de los fogones, donde aún quedaban brasas encendidas.

Los hombres, desconcertados, creían que sus fogatas, que hacía tan poco tiempo les había reglado su dios, se habían apagado. Tupá, al verlos tan preocupados, bajó nuevamente a la tierra para enseñarles cómo mantener vivas las brasas.

Entretanto, Añá seguía persiguiendo a los isondúes, creyendo poder apagar todo el fuego de la tierra. Un día, cansado de soplar y soplar, vio a los hombres nuevamente sentados alrededor de sus fogones, cantando, trabajando… Entonces se metió en una cueva bien oscura y quedó pensando, lleno de rencor, de qué otra manera podría destruir lo construido y borrar lo aprendido.

Desde aquél enojo de Añá, los isondúes siguen iluminando los campos durante la noche, como estrellas fugaces que alegran al caminante solitario.

N. de la R.: lo expuesto es una síntesis de una leyenda entrerriana.
Tupá: Dios de los guaraníes.
Añá: Espíritu del mal.
Isondú: Luciérnaga.